jueves, 24 de enero de 2013

Cosiéndome


No me cortaron con el mismo patrón, se les perdió la tiza morada que marcaba suavemente el recorrido del hilo, no hubo alfileres sujetándome al nacer. No tengo las medidas esperadas, sobre todo las del pensamiento, ni las pretensiones tampoco. No cumplo los criterios de calidad para salir al mercado, ni las medidas de seguridad. No soy apta para todos los públicos y me logro mantener fuera del alcance de los niños.

Quizás es un problema de grados, coordenadas o quizás no. Quizás es porque mi madre nunca supo coser. Quizás me diferencien los millones de litros de leche ingeridos, las peleas con mis hermanos o el pueblo perdido en el que me tocó nacer en esta reencarnación.

Perdí la cuenta de las veces que cosí sin hilvanarme. La descreencia de que pueda mantenerme dentro de estas costuras por mucho tiempo, sin desparramarme en espuma y vísceras. La necesidad de machacar el dedal que me protege de sangrar mis errores. Perdí la cuenta de los enveses y reveses.

No tengo marcada la línea discontínua por donde cortar.
Y sólo yo empuño esta tijera.
 

domingo, 6 de enero de 2013

HistoriAs


[...] La Europa antigua no tenía dioses. A la Gran Diosa se la consideraba inmortal, inmutable y omnipotente; y en el pensamiento religioso no se había introducido aun el concepto de la paternidad.Tenía amantes, pero por placer, y no para proporcionar un padre a sus hijos. Los hombres temían, adoraban y obedecían a la matriarca, siendo el hogar que ella cuidaba en una cueva o una choza su más primitivo centro social y la maternidad su principal misterio. Por lo tanto, la primera víctima de un sacrificio público griego eraofrecida siempre a Hestia, diosa del Hogar.
No sólo la luna, sino también el sol eran los símbolos celestiales de la diosa. Sin embargo, en la mitología griega más antigua, el sol cede la precedencia a la luna, que inspira el mayor temor supersticioso, no se oscurece al declinar el año y tiene como atributo el poder de conceder o negar el agua a los campos. Las tres fases de la luna nueva, llena y vieja recordaban las tres fases de doncella, ninfa (mujer núbil) y vieja de la matriarca. Luego, puesto que el curso anual del sol recordaba igualmente el desarrollo y la declinación de sus facultades físicas —en la primavera doncella, en el verano ninfa y en el invierno vieja— la diosa llegó a identificarse con los cambios de estación en la vida animal y vegetal; y en consecuencia con la Madre Tierra, quien al principio del año vegetativo sólo produce hojas y capullos, luegoflores y frutos y al final deja de producir. Más tarde se la pudo concebir como otra tríada: la doncella del aire superior, la ninfade la tierra o el mar, y la vieja del mundo subterráneo.
Una vez admitida oficialmente la relación entre el coito y el parto, la posición religiosa del hombre mejoró poco a poco y se dejó de atribuir a los vientos o los ríos la preñez de las mujeres. Parece ser que la ninfa o reina tribal elegía un amante anual entrelos hombres jóvenes que la rodeaban, un rey que debía ser sacrificado cuando terminaba el año, haciendo de él un símbolo de la fertilidad más bien que el objeto de su placer erótico. Su sangre serociaba para que fructificasen los árboles, las cosechas y los rebaños, y su carne era, según parece, comida cruda por las ninfas compañeras de la reina —sacerdotisas que llevaban máscaras de perras, yeguas o cerdas.

  Al principio se calculaba el tiempo por las fases de la luna, y toda ceremonia importante se realizaba en una de esas fases; los solsticios y equinoccios no eran determinados con exactitud sino por aproximación a la siguiente luna nueva o llena. El número siete adquirió una santidad peculiar porque el rey moría en la séptima luna llena después del día más corto. Inclusive cuando, tras una cuidadosa observación astronómica, se demostró que el año solar tenía 364 días, con algunas horas más, hubo que dividirlo en meses —es decir ciclos lunares— antes que en fracciones del ciclo solar.


Los mitos griegos, R.Graves
Judith y Holofernes, Franz  von Stuck 

lunes, 31 de diciembre de 2012

Uvas cíclicas

Hace algunos años la navidad me provocaba melancolía por despertar el recuerdo de tiempos pasados... y del paso del tiempo. Hoy no me provoca nada. Sólo veo algo absurdo, sin sentido, como un teatro que nadie pudiera creer. No seré cruel, no voy a embarrarme con la nochebuena y su niño Jesús. Me quedaré sólo con la noche de hoy, el fin de año. Qué es: una casilla en nuestro almanaque, el que elegimos en occidente para ponernos de acuerdo, para poder planificar nuestras agendas y contar nuestras edades. Ponerles número a nuestras guerras y tamaño a nuestros viajes. Sólo es eso, una casilla, una fecha más. 

Hoy me gustaría estar en la selva, o en alta mar, o en otra cultura que no cuente de doce en doce. Para la naturaleza y el hombre a ella aún apegado, hoy es una noche cualquiera. No sé. Quizá esté cansado de tantas cosas como inventamos. O cansado de que las cosas que inventamos sólo tengan repercusión cuando generan consumo. O quizá todo esto sea simple autodefensa inconsciente para evitar mi melancolía. 

¿Sería el humano capaz de no tener un calendario cíclico? Tendría que prescindir de los borrones y cuenta nueva. De poder hacer propósitos de cambio o mejora apoyados en algo más que su simple intención. Tendría que dejar de creer que la vida es una carrera por etapas. 

Creo que no llegamos a comprender ciertamente hasta que punto el medir el tiempo nos ha afectado al modo en el que vivimos y entendemos la vida. Con el reloj y el calendario creíamos tener una herramienta bajo nuestro dominio. Pero igual se nos ha escapado de las manos su control, y hemos olvidado lo que es comer cuando tenemos hambre, dormir cuando tenemos sueño, levantarnos cuando despertamos, morir cuando nos sentimos viejos, tener hijos cuando lo deseamos... y, cómo no, hacer balance de situación con propósito de nueva etapa incluido, cuando la mente ofuscada lo necesite, no cuando las uvas lo ordenen.

Suerte en vuestra nueva etapa, esa que llaman 2013...


lunes, 17 de diciembre de 2012

Cuestión de risa



La he leído en una web donde un periodista la ha utilizado como punto de partida para una entrada de su blog. Me ha fascinado semejante historia. Por eso le copiaré la idea.

Fue en Tanzania, en 1962. Epidemia de risa. Tres niñas comenzaron a reírse en un colegio y unas semanas después la escuela tuvo que cerrar porque nadie podía parar. La cosa empeoró tanto que llegó a afectar a pueblos enteros y varios colegios más. Unas 1000 personas se vieron afectadas con graves ataques de risa acompañados de llanto.

¿Saben de ese juego en el que dos personas se sientan una frente a la otra y se miran fijamente muy serias hasta que la primera de ellas se ríe y pierde? Aún no he conocido quien me gane, aunque supongo que tarde o temprano perderé (o eso espero).

Últimamente estoy más convencido de aquello que decía Hannah Arendt sobre la felicidad del Homo sapiens: sólo es posible con un ciclo eterno de agotamiento y regeneración de la vida; de dolor y de librarse de él; de apetitos y su complacencia. Sí. Creo que el estar feliz es el nombre que le damos a algo completamente animal: el placer de la necesidad satisfecha. ¿Qué hacemos cuando logramos tener comida, abrigo y cama cubiertas con nómina mensual? Inventarnos nuevas necesidades que satisfacer.

Mas no piensen que toda nuestra vida se apoya en apetitos inventados. La necesidad de escapar de la soledad, genética 100%, nos sigue ocupando la mayor parte de nuestro tiempo. Y si además le unimos, como venimos haciendo, la necesidad de sexo, más entretenimiento aún. Ya tenemos en qué gastar nuestros días. Esto lo espolvoreamos con decenas de metas que siempre quisimos conquistar, lugares que visitar, coches que comprar y mil cosas más que nuestra cultura y sus publicistas nos irán colocando en un largo camino de tareas que cumplir. Resultado: el viaje a la felicidad. La meta más importante por ser la más animal que nos queda tras haber comido: el amor, antisoledad + sexo garantizado, dos en uno. 

Me imagino a niñas riendo sin parar en Tanzania... Dejemos de comprar libros de autoayuda. Simplemente es eso: reír. Y si esto es difícil lejos de África, porque lo es, prueben a comer chocolate. A despertar abrazados a alguien. A un orgasmo. A comprar aquello para lo que ahorraste. A subir el escalón para el que te educaron, o te educaste. A torcerte un tobillo y esperar un mes para volver a andar. A soñar con perderte en Manhattan hasta que consigas allí un trabajo. A darle a nuestros genes el gusto de que se reproduzcan en un hijo. Etcétera. Sólo es eso: Reír o sus derivados. ¿Te sientes infeliz a pesar de tener la pareja y el trabajo que soñaste? Déjalos, la vida volverá a tener sentido.

Pero aún queda algo más. Nuestra autoconsciencia nos permite escapar del deseo impuesto por la doble hélice de satisfacer nuestras necesidades. Podemos elegir no tener que ser felices siempre. Podemos elegir no reírnos, y así ganar en el juego de las miradas. Pero... ¿para qué? Aún no lo tengo claro...




lunes, 10 de diciembre de 2012

Sobre el felpudo

Llegaba del centro comercial con bolsas para atiborrar mi hambrienta nevera. Un fin de semana de soledad maltrecha siempre acaba con las reservas de chocolate y drogas de corte legal. Mi madre dice que sólo compro golosinas. Y una amiga, que a los niños les encantaría venir a comer a mi casa porque sólo hay comida para ellos. En fin...

Llegaba del centro comercial con bolsas para atiborrar mi hambrienta nevera. Abrí el portal. Caminaba rápido porque las bolsas pesaban. En el paso, aunque ligero, ya me fijé en él. Ya dejó escapar un lamento desde su primer rincón. Lo escuché, pero no me detuve. Subí a casa y dejé las bolsas. Toqué el timbre de la vecina, no recordaba cuántos vivían con ella. Quizá el que esperaba asustado abajo fuera uno de ellos, quizá hubiera huido en un arrebato de locura. Me abrió con amabilidad y me dijo que no, que no era suyo. Sólo una habitaba en su hogar y, ahora, precisamente, estaba comiendo. Nos paramos a hablar sobre de dónde podría haber salido. Supusimos que sería callejero, sin hogar. Tal vez entrara sin querer y ahora no hallaba el modo de salir. Algo común entre los muros humanos, incluso para los humanos. De acuerdo. Bajaré a abrirle. Gracias.

Y bajé. Ya no estaba en su primer rincón. Se había mudado a un segundo, más confortable, pues le sostenía un felpudo antes del frío suelo. Me acerqué. Estaba como dormido, pero no era dormido. Algo le ocurría. Tenía un maullido amargo, de lamento, de desesperanza, tal vez de dolor. No me miraba, no habría los ojos. Era negro y blanco. Estaba acurrucado, con las patas delanteras guardadas hacia adentro. Como queriéndose abrazar a sí mismo. Me agaché y le acaricié la cabeza con los dedos. Ronroneó y volvió a maullar quejosamente. Le acaricié de nuevo y me miró de un modo fugaz. Tenía ojos azules, muy azules. Y el hocico algo manchado. Me puse otra vez en pie a su lado, mirándolo hacia abajo.
 

Le dije: Qué quieres de mí. No puedo darte el cariño que buscas. Yo soy otro gato en mi rincón. Tal vez no tenga hambre, ni heridas que lamer, ni frío que tapar sólo con un felpudo. Pero sí tengo desesperanza que maullar. 

Medité. Son muchos los gatos callejeros. No puedes vivir con todos si ni siquiera quieres vivir con uno. No puedes bajarle comida a la puerta del Bajo C porque el señor que ahí vive lamentará que haya leche en su alfombra de bienvenida. Así que... Te quedarás esta noche aquí. En tu rincón. Sin frío. Mañana será otro día. No maúlles más, por favor, que me agrietas el corazón. Los androides gastamos uno muy frágil.

Subí. Me dio miedo de mi repugnante especie. Pensé en todos los vecinos que aún quedaban por llegar a sus casas. Qué porcentaje de humanos son crueles con los animales. Qué porcentaje le daría de comer. Al llegar a casa y abrir la puerta busqué compañía a quien contarle. Alguien emocional de verdad, no un maldito androide agrietado. Alguien que no pensara, que corriera a darle de comer, o que lo trajera a casa, o que lo cogiera al menos unos minutos. Pero no hubo quién. Así que pasaron algunas horas. Escribí esto. Y tuve que volver.

De nuevo bajé. Ahora dormía sin queja, hecho un ovillo sobre su felpudo. Lo dejé allí y regresé para contarlo. Quién sabe. A lo mejor vive con el señor del Bajo C. A lo mejor ahora sueña con latas de atún. O con los cojines mullidos del sofá de un viejecillo que le sepa acariciar. Quién sabe.

Miradas



"Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro."

Alejandra Pizarnik

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Salidas



Atrapadas entre el erotismo y la pornografía
entre la libertad individual y la presión social
entre ser puta o vestir santos
entre la pureza de la virginidad y el lastre de la misma
entre las que se dejan seducir y las que quieren tomar decisiones
entre el maquillaje, el láser, la silicona... y el cuerpo, sencillamente el cuerpo
entre la soledad y el maltratador
entre la fibromialgia y la destroza-hogares
entre la egoísta y la eterna cuidadora
entre la pintora y la modelo desnuda
entre la que se atreve a gritar y la que sigue llorando
entre los hijos en el vientre y los dedos que acusan y preguntan
entre la sumisa y la loca
entre la heroína y los tranquilizantes
entre la inmadurez y la hiperresponsabilidad
entre los celos y la manía persecutoria
entre hombres y entre enemigas
entre las reivindicaciones feministas y la publicidad hasta en la sopa
entre el cuarto propio y la realidad del cuarto compartido.