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jueves, 12 de agosto de 2010

El alma errante de Bogart

Repasando las últimas películas de animación, algunas tan profundamente críticas con la sociedad en la que nos movemos como Wall-e y su dulce caída de ojos prismáticos que me conmueve, se sigue repitiendo el tópico de final en el que la feliz pareja cierra el último plano con las manos entrelazadas. Cenicienta, Blancanieves... Antz, Bichos, Wall-e...

Todo esto viene a cuento de que a veces sorprende la interna sensación de ser alma en pena, vagabunda, alma errante buscando su otro yo, su mitad. Quizá a algunos les pueda quedar esto un tanto alejado, más de románticos, cursis, o viejas novelas. Sin embargo, la brutal actualidad se deja pensar cuando analizamos fenómenos como el de las redes sociales. Millones de personas buscando amigos o pareja. O si entramos en una discoteca donde en alcohol ahogamos la desesperanza de no encontrar lo que la noche prometía. O si escuchamos los últimos éxitos musicales hablando de corazones rotos. O si nos miramos adentro, unos más adentro que otros, y encontramos qué es para nosotros lo mejor de la vida.

Sólo es simple curiosidad. No sé hasta qué punto los dibujos animados de nuestra infancia llenos de seres felices y saludable; las teleseries norteamericanas y españolas donde siempre había un grupo de amigos inquebrantable y sin problemas de dinero; las películas juveniles de héroes que nunca mueren y parejas que terminaban besándose... hasta qué punto nos han trazado nuestra percepción de la vida con una idea tan equivocada que arrastramos por siempre una desesperanza, una falta de algo que no tenemos, una promesa incumplida. Continúo citando a Tyler Durden... "Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados."

¿Entenderíamos el amor de igual forma si hubiéremos sido educados desde pequeños con el ejemplo del corazón roto de Humphrey Bogart en el Rick's Cafe? Quizás sin la educación previa del amor eterno y las medias naranjas jamás hubiéramos llegado a entender el dolor de Bogart.

sábado, 17 de julio de 2010

Solos ante el fuego

Supongo que aquellos primeros hominidos que gustaran de quedarse solos ante el fuego, o que caminaran algo alejados del grupo, o durmieran un tanto apartados... fueron todos extinguidos, devorados por fieras, muertos en accidentes sin auxilio, o perdidos en la noche. Por contra, aquellos que mutaron para temer a la soledad, les sobrevivieron, y de ellos heredamos la carga genética que nos hace sentir un no-sé-qué cuando nos vamos a dormir sin compañía.

Y quizá sólo sea por esto por lo que nos organizamos bajo el principio de la pertenencia al grupo, la no individualidad, la no personalidad, la masa. Por eso olvidamos nuestros problemas diluyéndonos entre gente, aunque desconocida. Tal vez por lo mismo, en noches de brisa fresca, cielos estrellados y corazón abierto busquemos alrededor a alguien a quien cogerle la mano. Quizá sólo por eso, por simple supervivencia, sintamos la necesidad interna de amor o amistad.

A veces me cansa ser animal. Me cansa lidiar con instintos y codificaciones genéticas diseñadas para vivir y procrear en un mundo que ya no existe. Las fieras ya son colecciones del zoo, la noche murió entre bombillas y linternas, y la soledad sólo es un peligro para turistas incautos en países conflictivos.

Necesito nuevas mutaciones que actualicen mis instintos al mundo de hoy.

martes, 6 de julio de 2010

Perdidos

Dice Richard Dawkins que los genes diseñaron máquinas que utilizan para su propia supervivencia y expansión. Nosotros somos una de esas máquinas. Aún nadie me ha definido de una forma mejor. Nuestra máquina, nosotros, surge en el transcurso de infinitas mutaciones. Terminará autodenominándose como homo sapiens y se autoproclamará como cumbre de la evolución. El tiempo dirá si se equivoca o no, en función de la tasa de suicidios de los años que queden por venir.

En sus orígenes la máquina desarrolla un lenguaje que le permite enlazar objetos con palabras y su concepto, nace el pensamiento y la abstracción. De ahí la comunicación, la herencia cultural, la organización social y la tecnología. Con esta semilla creciendo a su suerte en el cerebro humano, las neuronas empiezan a trabajar en dos caminos: uno que se plantea lo de fuera, y otro que no deja de mirar adentro. El primero pasa por la agricultura y la ganadería, la polis griega, el nacimiento de la ciencia, surgen las religiones, los imperios, los reinos y la democracia, Galileo, Newton, Einstein, humanistas, ilustrados, comerciantes, burgueses, proletarios, nos hacemos capitalistas, comunistas, consumistas, de izquierdas y de derechas, rebeldes y revolucionarios, conservadores, trabajamos sin saber desde cuándo y ya ni sabemos por qué, nos encanta el dinero, necesitamos casa, coche, tele, ropas, viajes y ordenadores, jugamos a inventar y llegar cada vez más lejos (si existe el lejos dentro del infinito), nos reproducimos llenando el planeta y pecamos de superpoblación y explotación agresiva. Por este camino, los genes pueden estar orgullosos de su máquina.

Pero por el otro, la semilla del pensamiento y la abstracción, junto con la cada vez mayor esperanza de vida y el tiempo desocupado en lo que debería ser nuestro trabajo de esclavos genéticos para comer y reproducirnos, ha desarrollado un hilo más peligroso, empezando en un qué, por qué, quiénes somos y el temido para qué... Parménides y el no-ser, la muerte de Socrates y las Ideas de Platón, el genio de Aristóteles, Kant, Marx, Nietzsche, Sartre... el vacío interno, la desesperanza, las preguntas, las no respuestas, la soledad, la oscuridad... y los inventos, inventos para tapar huecos, vestir ropas de marca, triunfar en el trabajo, moldear el cuerpo, estudiar todos los libros, viajar a todos los rincones, amar y ser amado, el sexo, las otras drogas, la filosofía, la religión... Busca, busca, busca... seguirás perdido. Estamos perdidos. Este otro camino es un fallo genético. Y quizá algún día nuestros genes lo paguen con su extinción.

sábado, 5 de junio de 2010

Demasiado viejo

En 1900 la esperanza de vida al nacer de un ser humano no llegaba a los 40 años. Actualmente, en países como Sierra Leona o Angola, aún se mantine. Incluso baja a los 33 en otros como Botswana. En la antigua Roma y la Grecia clásica, 28 años. Estos datos sólo indican que lo extraño es nuestra época. Y explican por qué, antes de cumplir los 30, ya nos hemos sentido viejos en muchas ocasiones.

Ocupados en el vivir de un tiempo que se esfuma entre trabajo y consumo. Entre televisión y alcohol. Y, en el mejor de los casos... entre amores.

Pero al menos, una vez cada dos semanas, durante unos minutos, a veces en el coche, a veces asomado a un balcón, otras caminando, otras tumbado en la cama, quizás en la ducha, o con una cerveza en la mano, un rayo de luz pasa por tu cabeza y te recuerda que no entiendes un puto carajo de todo lo que te rodea. No sabes lo que eres.

Te ves conviviendo entre problemas que llegas a priorizar. Desde tu próxima tarea en el trabajo, pasando por tus planes de vida, y llegando a todos los grandes conflictos que el caos de tanto humano junto provoca. Y si desde una escuadra del marco de la ventana consigues acertar a ver la luna... el infinito espacio tiempo te devuelve a la suprarealidad del sin-sentido de esto. Del juego de niños chicos en el que nos entrenemos para gastar nuestra esperanza de vida.

Tampoco es que haya opción mejor. A no ser que dejemos de jugar de forma prematura. Pero hay que superar muchos instintos, emociones, miedos para llegar a ese punto. Está un nivel por encima.

Pero hoy me pregunto, quizás si lo normal fuese que mi vida no se alargara más allá de los 30, igual estas ideas ni rondarían en mi cabeza. ¿Somos un error genético? ¿Dónde estaremos dentro de un millón de años? ¿Tiene futuro una vida consciente de sí misma que no entiende nada?

domingo, 9 de mayo de 2010

Préstamos

Cuentan que en los inicios de nuestra historia, alguien en un determinado momento necesitó cierta cantidad de dinero, la pidió a algún vecino y este se la dejó a cambio de unos intereses. Poco a poco, el hecho se fue repitiendo, y la comunidad decidió crear un lugar donde todos pudieran guardar de forma segura su dinero. Además, quien lo necesitara, lo podría pedir en préstamo. Los intereses que pagaran los deudores se repartirían entre todos. Nació la banca.

Pasaron los años. Y lo que inicialmente pareció buena idea, empezó a deteriorarse. Hubo muchos que dejaron de devolver el dinero que les prestaban, o que no pagaban los intereses previamente estipulados. La comunidad, preocupada, encontró la solución. Nombraría a un conjunto de funcionarios que se encargara, desde las empresas públicas, del correcto funcionamiento del sistema. Pero años más tarde, eran estos empleados quienes robaban el dinero, o quienes firmaban préstamos ventajosos a sus familiares. Nunca había beneficios, al contrario, la comunidad tenía que aportar más dinero de sus impuestos para cubrir gastos.

Tiempo después, alguien, con buena intención, decidió crear una empresa de banca privada. Rápidamente tuvo gran éxito. Se gestionaba mejor, con buenos trabajadores y más control sobre el fraude y los morosos. No mucho más tarde, la comunidad decidió que la banca creada inicialmente y que ya nadie usaba era innecesaria. Ya no servía. Era un gasto público inútil.

Hoy los bancos privados son uno de los negocios más importante del mundo con altísimos beneficios que, evidentemente, no son repartidos entre la comunidad. La mala gestión de uno de ellos puede provocar una crisis a nivel mundial porque, a pesar de ser un negocio privado, es un servicio público. En 2007, los bancos que operaban en España lograron unas ganancias de casi 20.000 millones de euros netos. En 2009, año de crisis, han sido 12.700 millones. Lo que se puede ganar prestando el dinero que no es tuyo...

Fue un error pensar que entre todos podríamos gestionar algo así. No somos lo suficientemente éticos... Mejor dejar la responsabilidad a otros tan éticos como nosotros, pero que, probablemente, llevarán mejor el negocio. A fin de cuentas, ellos buscan enriquecerse...

lunes, 12 de abril de 2010

El patrón amistad

Cuentan que en los inicios de nuestra historia se opinaba que en los laboratorios deberían estar los más inteligentes; en las fábricas, los más ecológicos; en los hospitales, los más sensibles; en los gobiernos, los más sinceros; en los tribunales, los más justos; en las arcas, los más solidarios. Dicen que los maestros debían ser los mejores de la sociedad, y que ser padre o madre era la tarea más difícil. Los filósofos escribían las leyes. Los que todos admiraban eran los más sabios, a quienes se quería por amigos.  

Más tarde alguién opinó que todo esto estaba mal, y que todos deberíamos poder acceder a cualquier cargo de la sociedad. La idea gustó, pero como había pocos cargos para tantos ciudadanos, inventaron las oposiciones, para filtrar según la memoria al leer, y las elecciones, para filtrar según el carisma al hablar. El sistema funcionó. La sociedad comenzó a admirar a los más guapos y carismáticos, sus nuevos amigos, olvidándose ya de los sabios. El maestro empezó a ser un cargo mal pagado. Y los padres y madres no se preguntaron si serían capaces de tener hijos, simplemente los tenían. 

Pasado un tiempo, alguien alarmado protestó porque esta terrible sociedad no se daba cuenta que lo más importante, antes que la igualdad o la justicia, era la amistad y el amor. Su idea caló oculta entre el pueblo, y aunque no se cambió el sistema, todo el mundo sabía que podía llegar a cualquier sitio teniendo los suficientes amigos. Dignos de admiración eran aquellos que compartían amistad con más personas, independientemente de cómo fuera cada uno de sus amigos, lo importante era el nexo, no el por qué del amor. Incluso algunas redes sociales construidas en un invento moderno llamado internet, permitieron a sus miembros competir y presumir de su número de amigos.